Hace algún tiempo recordaba en otro lugar a la escritora
barcelonesa Ana María Matute, recientemente fallecida. Y hoy, reparando en una
de sus mejores novelas, Primera memoria
(Premio Nadal de 1959), descubro que en la primera página en blanco del libro aparece la firma de la
escritora (sus M mayúsculas inconfundibles traducidas por el III número romano)
dedicándome el libro un 3 de mayo de 1984. Treinta años ya. Recuerdo que el ejemplar, editado por Orbis en 1982, me llegó a través de su sobrino David
Matute, que a la sazón era alumno mío en el Colegio Privado del Vallés donde yo enseñaba
Lengua y Literatura. Ya he dicho otras veces lo que la novela significó para
mí. Hoy me limitaré a hablar del poema que escribí a lápiz en la página que
me deja prácticamente en blanco la cuarta y última parte de la novela titulada
curiosamente El gallo blanco. Ahí le
escribí a la novelista un poema que tenía que ver con el viejo Jorge, Jorge de
Son Major, personaje que adquiere relieve en Las hogueras, tercera parte de la novela de la que vengo hablando.
Poema que más tarde le enviaría en limpio y dándole las gracias por el placer y
la emoción que me había causado la lectura de Primera memoria:
“¡Qué razón tiene usted, querida amiga,
cuando le hace decir al viejo Jorge
que jamás al morir recordaremos
ni momentos felices ni aventuras!
¡Qué razón tiene usted, querida amiga,
cuando le hace decir al viejo Jorge
que al morir sólo habrá en nuestro recuerdo
una tarde de vino y frescas rosas!
He cerrado su libro y, al hacerlo,
la puerta de la infancia he franqueado
de la mano de Matia y su diamante.
Gracias por haberme recordado
que en la vida del hombre sólo vale
la caricia de las cosas pequeñas
que en la infancia nos hicieron felices.
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