Ahora que el año 2014 avanza hacia su final y se acerca apresuradamente el 2015, año muy significativo para mí por muchas razones, es momento de hacer nuevos propósitos. Y uno de ellos es simplicar, unificar a partir de ahora mis modestas entradas blogueras en un solo blog, que he titulado, como puede comprobarse, de la forma más sencilla para no despistar a los seguidores de mis otros blogs y a los que quieran empezar a seguir el presente EL BLOG DE ESTEBAN CONDE. ¿Qué significa eso? Simplemente, que en este blog que inicio hoy mismo iré publicando de forma aleatoria textos pertenecientes a los géneros y categorías que publicaba en mis blogs anteriores, desde poemas a relatos de variada extensión y naturaleza, pasando por ensayos más o menos serios, comentarios críticos sobre cualquier asunto actual o del pasado que merezcan la pena de ser comentados, fotografías que hablan, memorias, cursos y estudios literarios y lingüísticos, misceláneas de todo tipo..., y todo encaminado a hacer el presente blog más variado y, si cabe, más ameno y provechoso. Espero así satisfacer todos los gustos del curioso y atento lector.
Y para abrir boca, empezaré con una entrada especial. Se trata de un conjunto de microrrelatos entrelazados para formar un texto dirigido a un público invisible.
¿Para ustedes cuál ha sido su mejor momento en la vida? Pero antes de
contestarme, ¿no les parece que eso del mejor momento es muy relativo? Porque
todo depende de las circunstancias en que uno se encuentre para poder elegir
con acierto, ¿no creen? Yo mismo, si me permiten la licencia, no me encuentro
capacitado para afirmar si este o cualquier otro momento de mi propia vida haya
sido el mejor de todos. Y no se me ocurre otra cosa para demostrárselo que
recurrir a varias situaciones habidas entre diversos personajes. Vamos con la
primera.
Dos voces hablan entre ellas. Una dice:
“Un buen momento es el del arco iris que pone la diadema de la paz
cromática a la naturaleza recién lavada por la lluvia cuando sale el sol.”
La otra voz le responde:
“Pero mejor aún es el momento en que estás vivo y tus ojos tienen la
suerte de estar contemplando ese espectáculo.”
Y las dos almas siguen su vuelo.
Bueno, en este caso se trata, como han oído, de dos espíritus. Una
situación algo etérea y sujeta a las creencias de las personas, lo sé, y por
eso les propongo una nueva situación,
ahora de carne y hueso, real como la vida misma.
La de un niño que se levanta antes del alba del seis de enero para ver si logra sorprender a los Reyes Magos en el momento de traerle los regalos. No me digan que ustedes de pequeños no pensaron más de una vez hacer lo mismo que ese niño la madrugada del día de Reyes. Sin embargo, como todos los años anteriores, sus Majestades ya se habían adelantado. Entonces el niño, verdaderamente decepcionado, dice:
La de un niño que se levanta antes del alba del seis de enero para ver si logra sorprender a los Reyes Magos en el momento de traerle los regalos. No me digan que ustedes de pequeños no pensaron más de una vez hacer lo mismo que ese niño la madrugada del día de Reyes. Sin embargo, como todos los años anteriores, sus Majestades ya se habían adelantado. Entonces el niño, verdaderamente decepcionado, dice:
“Sólo quería decirles que lo que de verdad debían traer es más cordura y más
justicia a nuestros mayores.”
Cordura y justicia, casi nada en estos tiempos que corren. Antaño ocurrían además otras cosas, como la que vivió el pueblerino de la siguiente situación.
Resulta que el aldeano llegó de noche a la gran ciudad y buscó alojamiento en un hostal del centro. Todo allí eran atenciones y sorpresas para él. Pero el mejor momento de la noche sucedió cuando la posadera lo condujo a su cuarto y, tras pellizcar en la pared, hizo que, por arte de magia, en el techo se encendiera una cebolla.
Cosas de la civilización: en las aldeas, tan atrasada y, en cambio, en las grandes ciudades, tan adelantadas que el pobre campesino confunde su querido tubérculo de siempre con una bombilla, imposible en su existencia. Veo que el ejemplo anterior no les convence demasiado. Probemos con este otro más cercano a nuestro mundo actual, el de las prisas y el de la impaciencia.
Un rápido lector de novelas de misterio abre la nueva novela que acababa de comprar sin reparar siquiera en su título, tan ávido como está de meterse cuanto antes en su apasionante lectura; pero resulta que, tras leer la primera página de la novela, ya sabe el final de la historia. Es entonces cuando se desentiende del resto del libro y lee el título de la portada: Sin muerto no hay delito.
El delito es tirar el dinero de esa manera. Para delito, el del fatuo maestro de la tertulia a la que yo solía asistir cuando aún creía que se podía aprender a escribir poesía oyendo a los poetas hablar de ella. El caso es que el engreído maestro de la tertulia sólo sabía burlarse de un modesto poeta, asiduo como yo a esas reuniones literarias, recriminándole continuamente los escasos conocimientos que tenía de preceptiva poética y su escaso oído para encontrar rimas consonantes. Harto el poeta de las repetidas burlas a que lo sometía el maestro, unos días antes de la Navidad se presentó en la tertulia con una especie de felicitación y estos versos que leyó en voz alta:
“Vivo en verso como ves: / Avenida
Primavera, /16, 4º 1ª, / Cerdanyola del Vallés.”
Ni que decir tiene que todos los allí presentes estallamos en carcajadas mientras el maestro luchaba por esconder su malestar bajo una sonrisa falsa.
¿Les parece que tiene demasiada realidad lo que acabo de contarles? Lo arreglamos enseguida pasando al mundo de la imaginación en las personas de una bruja y su marido, un ogro devora niños.
Resulta que la mujer del ogro, que era medio bruja, hechizó la nariz de su marido para que no hiciera más daño a los niños. De tal modo, que, al entrar de nuevo el monstruo en casa gritando:
“¡Huelo a carne podrida!”,
Su mujer le respondió:
“Es tu cuerpo, querido, que no pasa por el agua y el jabón desde hace un
millón de años.”
¿No acaba de convencerles esta situación? No se preocupen. Escojo otra que participa de realidad e imaginación a partes iguales.
Peter Pan, ya saben, el niño que no quería hacerse mayor, se hizo mayor al fin en contra de sus deseos. Aún así no podía olvidar el recuerdo insistente del Capitán Garfio, cuya omnipresencia veía en todas partes, de tal modo que un día, al entrar en una carnicería donde se vendían toda clase de aves, no pudo evitar llevarse una horrible sorpresa, y gritó:
“¡Ahí está otra vez! ¡Ese pobre
pato muerto cuelga de su odioso garfio!”
Si no les basta el caso del pato, les propongo el del loro y su dueño, un prestidigitador de tres al cuarto. ¿Quieren oírlo?
Pues resulta que no había noche en que el loro, compañero inseparable del prestidigitador, no le estropeara su mejor número gritando al público:
“¡Tiene a la paloma metida en la manga!”
“¡No pierdan de vista la chistera, que el conejo está en el fondo!”
Hasta la noche en que se hundió el barco donde trabajaban al chocar
contra un iceberg. Sólo el loro y el prestidigitador lograron salvarse del
naufragio alcanzando a nado un islote perdido en medio del mar. Allí
permanecieron sin hablarse durante un tiempo largo, hasta que el loro, harto
del mutismo de su amo, ya no pudo aguantar más y gritó:
“¡Me rindo! ¿Dónde has metido al
barco?”
El loro estaba por su seguridad. No faltaría más. Igual que el protagonista de la siguiente situación, que nos habla en primera persona.
Cada noche, cuando el frío aprieta en la cabaña, subo al sofá donde están sentados los dos amantes y, con pequeños y estudiados movimientos para no despertar sospechas, me abro un hueco entre sus cuerpos; así, aunque ellos no pueden conciliar el sueño por el frío, yo me duermo apaciblemente bien calentito. Y yo sigo a lo mío aunque cada noche, oigo decir al amante el mismo comentario:
“¡Amada, cómo me gustaría ser tu gato!”
Déjenme que les cuente un caso más de animales, si bien éste, como verán enseguida, encierra una gran metáfora.
Estarán de acuerdo conmigo en que todos los seres humanos tenemos, desde el momento mismo de venir al mundo, dos gusanos dentro de cada uno de nosotros: uno es delgado y pequeño; el otro, gordo e inmenso, y se alimenta del primero. Y sabemos todos muy bien a quién representa el gusano pequeño y delgado y a quién el gordo e inmenso.
Me he puesto algo serio. Siempre me ocurre cuando me dirijo a un público tan atento como ustedes. Por eso, siempre también hacia el final de mi intervención suelo recurrir a lo que le ocurrió a Pinocho cuando logró deshacerse por fin de las molestas y constantes recriminaciones de Pepito Grillo.
Y lo hizo para poder dar el gran salto de su vida. ¿Se pueden imaginar cuál era para Pinocho su gran salto? Pues aunque no se lo crean, pensaba el pobre muñeco de madera que su gran salto era nada más y nada menos que casarse, pues estaba convencido de que su mejor momento había llegado al fin. Pero todo no puede salir bien en la vida, y es que se equivocó de medio a medio al elegir como pareja a un insaciable sacapuntas, y, a la primera de cambio, encontró, como era lógico, su fin… al menos como ser masculino.
Y llegados a este punto y viendo las caras que todos ustedes han puesto tras oír el caso de Pinocho, ya no me atrevo a preguntarles cuál es su mejor momento, porque ya conozco la respuesta: el mejor momento para ustedes llegará cuando yo me marche. Buenas noches y muchas gracias por aguantarme y no haber salido antes de mi blog.
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