A pocos días de haberse celebrado la presentación de mi poemario ESTOS OCTUBRES en El Corte Inglés del Portal del Ángel de Barcelona, aún me dura la alegría que viví entonces. Rodeado de mis familiares y amigos, pude dar rienda suelta a los sentimientos más sinceros que rondaban mi corazón, y cuando leí en voz alta algunos poemas del libro reviví el tiempo de los recuerdos expresados en los versos. Pero lo más importante de aquel mágico momento fue que la poesía detiene el tiempo y une las almas de quienes lo comparten. Gracias por ello.
sábado, 9 de mayo de 2015
jueves, 23 de abril de 2015
JUAN GOYTISOLO EN EL DÍA DEL LIBRO
Hoy es el Día del Libro, fecha ideal para acercarnos
al mundo de la literatura simplemente leyendo
un libro, no comprando un libro. Comprar un libro está bien porque es el punto
de partida para lo que viene luego: la placentera soledad de abrirlo y meterse
en el mundo íntimo del que habla su autor. Hablar de libros tampoco está mal,
siempre que se hayan leído antes, claro. Hoy tenía que estar en Barcelona, en
el puesto de la Editorial para poder firmar ejemplares de mi poemario ESTOS
OCTUBRES. A mi no me importa que no me lean a mí; lo que quiero es que la gente
comparta el mundo de los autores, quienes quieran que sean, leyendo sus libros.
Leer amplía la libertad y la humildad, que tanta falta nos hacen una y otra,
especialmente la última. A lo que iba, hoy tenía que estar firmando libros en
Barcelona, pero otros menesteres menos trascendentales me impiden hacerlo. Me
conformaré con darme un paseo esta tarde por mi ciudad hasta los puestos de
libros y adquirir alguno para leerlo. Debo decir que para mí no hay un solo Día del
Libro: todos los días del año son Día del Libro; rara es la jornada que no me encuentre con
un libro en las manos.
Otra cosa. Hoy se entregará el Premio Cervantes al novelista Juan
Goytisolo (Barcelona, 1931). No es que sea un autor que me atraiga demasiado
(más lo hacía sin duda su hermano el poeta José Agustín, muerto ya hace unos
años y autor entre otros del hermoso poema Palabras
para Julia : “Tú no puedes volver atrás/ porque la vida ya te empuja/ como
un aullido interminable. / Hija mía es mejor vivir /con la alegría de los
hombres / que llorar ante el muro ciego. / Te sentirás acorralada, / te
sentirás perdida o sola…”). Pero hoy toca hablar del autor de las novelas Duelo en el paraíso, Señas de identidad o Las virtudes del pájaro solitario, entre
otras, por ser el ganador del último Premio Cervantes y estar a punto de
recogerlo de manos del Rey. Y para ello no encuentro nada mejor que incluir aquí un fragmento de Señas
de identidad, como muestra de respeto hacia el
flamante ganador del Cervantes:
“Idea primera y casi obligada de los
españoles recién desembarcados en el café de madame Berger, con la cabeza llena
de ilusiones y proyectos y el polvo de la Península pegado aún a la suela de
sus zapatos, era la creación de una Agrupación Nacional de Intelectuales en el
Exilio, objetivo ambicioso y lejano cuya primera etapa debía consistir en la
publicación y difusión de una revista de confrontación y diálogo, abierta a las
corrientes políticas, intelectuales y artísticas del mundo moderno. Desde su
llegada a París, Álvaro había asistido a una docena y pico de sesiones previas,
discutido durante veladas interminables el título, formato, consejo de
redacción, presupuesto y colaboraciones, roto viejas amistades, intervenido en
brutales exclusiones, redactado borradores y presentaciones que se habían
acumulado poco a poco en los cajones de su escritorio traspapelados entre los
rimeros de cartas familiares, recortes de periódicos e inútiles guiones de
jamás realizadas películas. Pintores cuyo único timbre de gloria estribaba en
ser primos de Tapies, profesores vetustos a sueldo de pluma académica y nula,
músicos que proclamaban su heroica de- cisión de no escribir una sola nota
hasta la caída del Régimen, toda una extraña fauna de crustáceos amparados en
sus dogmas como guerreros medievales en articulada y brillante armadura, se
reunían en el café de madame Berger para discutir, criticar, desmenuzar,
debatir, pronunciar anatemas feroces y redactar cartas de injuria, aquejados de
una megalomanía incurable y una violenta indigestión de lecturas que se
traducían, de ordinario, en el empleo de fórmulas marxistas desvalorizadas por
sus múltiples y contradictorios usos o de frases invariablemente comenzadas por
la primera persona del singular.
Todo candidato a director futuro del
futuro parlamento de la futura España desplegaba en estas ocasiones una
dilatada elocuencia, remachando las palabras como si fueran clavos _«acciones»,
«luchas», «masas», «desarrollo», «oligarquía», «monopolios», «recrudecimiento»,
«avance»_ y, arrastrado por su propia oratoria _aprendida de otros como el
Padrenuestro y repetida con saña por él_, enunciaba dog- mas sonoros y
rotundos, frases solemnes y teatrales que milagrosa mente crecían como flores japonesas,
se enroscaban de pronto lo mismo que boas, trepaban luego igual que bejucos y,
a punto de morir ya por consunción, se escurrían aún como flexibles y ágiles
enredaderas, como si nunca, pensaba Álvaro, pero que nunca, pudieran tener un
final.”
martes, 7 de abril de 2015
DEL LIBRO Y SUS ORILLAS
Ahora que se acerca el Día del Libro, me parece oportuno incluir en la presente entrada unos cuantos aforismos relacionados con el libro y la lectura, tan menospreciados en nuestro país, que por otra parte es uno de los que más libros compran (¿para regalar?).
“El libro es el recuerdo de algo vivo que nunca
morirá.”
“Un libro de poesía siempre ayuda a conocer los
rincones más íntimos de su autor.”
“El libro es una realidad más infalible que nuestra
propia vida y, por ende, más duradera
que nuestro propio tiempo.”
“Cuando empiezo a escribir un libro, me sucede lo
mismo que cuando voy a iniciar un viaje, en el que la aventura y la ilusión son
mis dos guías principales.”
“Al libro no le importa la muerte porque nació para
vivir siempre. Lo que quiero decir es que, aunque el propio autor muera algún
día (de eso no se libra nadie), siempre habrá un lector en cualquier lugar del
mundo que lo abra y le dé vida por muchos siglos que pasen.”
“No hay recetas para escribir un libro. El libro sale
del alma y el corazón del autor, y ni el alma ni el corazón saben de reglas
impuestas.”
“El libro es una soledad que acompaña a otra
soledad.”
miércoles, 25 de marzo de 2015
BLANCA PORTILLO: PASIÓN DE TEATRO
María de Nazaret, mujer sencilla y amante de su casa y su
familia, no entiende que el hijo que nació de sus entrañas sea llamado por
otras gentes el Hijo de Dios. Y se rebela y grita que eso no es así; nos lo
grita a nosotros, los espectadores del Teatre Lliure en uno de los momentos
fundamentales de la función, casi al final, cuando se enciende la luz total de
la sala y nosotros nos convertimos, por obra y gracia de la magia de la imaginación, en silenciosos actores (ejemplo excelente de
la interacción teatral), en privilegiados interlocutores de la actriz. Blanca Portillo
abandona la tarima cubierta de paja, en la que hasta ahora se ha desarrollado la
acción dramática, para arrimarse a la primera fila de butacas y hablarnos de la muerte atroz de su hijo. “Que ha muerto
para salvar al mundo. ¿Salvarlo de qué? ¿De la muerte? La muerte de mi hijo, no
la muerte del que llaman Hijo de Dios, no ha valido para nada.” Palabras
iconoclastas para la tradición católica que nos dejan sin respiración. Luego
vuelve a jugar su papel la luminotecnia teatral al uso, y María de Nazaret,
mujer vieja y desilusionada, dolorida y arrepentida de haber huido de la colina
donde su hijo ha muerto clavado en una cruz ante la indiferencia de quienes
ocupan el lugar jugando a los dados o preparándose la comida como si fuese aquello una excursión
al campo; confiesa que tuvo miedo y como una madre desnaturalizada huyó de allí,
en vez de quedarse para acoger a su hijo muerto en el regazo, acariciarle y
lavarle las horribles heridas de los clavos en pies y manos y la de la corona
de espinas en la frente, antes de envolverlo en sábanas limpias para cumplir
con su piadosa labor de darle sepultura…
Ahora, con el paso del tiempo, María lo recuerda
todo con un dolor tan grande, con un arrepentimiento tan lacerante, que sólo
desea dormir para siempre y descansar de una vez. Con parsimonia de ritual se
despoja de su ropa negra y se queda en blanco camisón; se acerca a la hamaca
que ha tendido previamente (todos los movimientos de la actriz están medidos
y obedecen a las necesidades escenográficas: descorrer la trampilla del pozo, pasar el rastrillo, abrir la puerta para asomarse, abatir la ventana
para coger el frutero con manzanas, subirse a la escalera, apagar la vela que
arde sobre la mesa fija, extraer la mesa plegable de la misma tarima o la
estatua de la diosa Artemisa, oculta en una trampilla cubierta de paja, y tantas
idas y venidas por el escenario, acostarse, cubrirse con la ropa que lleva
puesta…); se acerca a la hamaca y se acuesta en ella para esperar tranquila su
muerte. El fundido total… y al hacerse de nuevo la luz, Blanca Portillo,
resucita para recibir los aplausos de los espectadores, totalmente entregados a
su impecable trabajo de actriz que ha sabido acercarnos una María de Nazaret,
diferente a la que la tradición católica nos había ofrecido siempre, pero que,
visto lo visto en escena, nos convence, al menos a mí. Y es que primero Colm Tóibín,
el autor de la novela original, y luego Agustí Villaronga, director y guionista de la obra, han sabido
convertirla en una humilde madre terrenal, con sus miedos y prejuicios, sus
virtudes y defectos, una madre sencilla, que sólo entiende de hablar con las
vecinas, preparar la comida o ir al pozo por agua, una madre al uso que ha
perdido a su hijo de un modo incomprensible y cuya muerte ha estado rodeada de
intrigas sociales, políticas y religiosas.
Además del mencionado Villaronga, hay que contar con el resto del equipo para
explicar el éxito de EL TESTAMENTO DE MARÍA: la escenografía
de F. Amat, el vestuario de M. Paloma, la iluminación de Civit, el sonido de
Ariel y la música de Gerrad; todo el equipo, digo, se ha coordinado milimétricamente
para hacer posible que la actriz Blanca Portillo, en realidad el alma del milagro
teatral, brille con luz propia. Lo confirman plenamente sus mencionados movimientos en la escena, sus
gestos, sus silencios, sus modulaciones de voz, perfectamente adecuados a los
diversos momentos de tensión y dramatismo, incluidos aquellos en que encarna
las voces de otros personajes invisibles, la vecina Farina, el primo Marcus, Marta
y María, las hermanas de Lázaro, Míriam o el propio Jesús (palabras duras e
inquietantes pronunciadas durante la imprescindible boda de Caná: “Mujer, yo no
tengo nada que ver contigo”), o en pequeños diálogos que salpican aquí y allá
la representación (si la obra tiene algún defecto, sería éste).
Una obra, en
suma, redonda, en la que destaca sin duda la interpretación, soberbia, de
Blanca Portillo, que ha demostrado a mi juicio la pasión que hay que verter en
el teatro, para que éste adquiera la altura que esperamos todos los amantes de
la escena. Aunque se trate de un monólogo seguido de casi hora y media. ¡Más mérito, imposible!
lunes, 23 de marzo de 2015
VARIACIONES DE UN POEMA ANTIGUO
I
En otro tiempo de agua ya vivida
invitaba a la gente en primavera
a que saliera al campo y aspirara
los aromas que brotan de la tierra
y el aire en faldas gráciles transporta;
son puras esperanzas, ganas nuevas
de vivir libremente, abrir el alma
a esa luz renovada que nos llega.
II
Yo vengo ahora del campo y traigo flores
de rincones donde antes hubo ausencias,
sólo tierra callada, tierra humilde
que esperaba también su primavera.
Y yemas inflamadas de futuro
que el invierno tapió de honda tristeza.
Yo vengo ahora del campo y traigo nuevos
latidos que son ya existencias nuevas.
III
Sube la primavera lentamente
por las húmedas gradas de la tierra,
por las raíces engendradoramente…
Y baja por la cálida escalera
del aire luminosa, libremente
con todo su esplendor de canto y siembra.
Y llega hasta nosotros de repente,
como una generosa bruja buena.
IV
Primavera: fecundidad y asombro,
humanidad solemne de la tierra.
Trueno repentino, impetuosa lluvia,
súbito sol y viento sin cadenas,
del alto chopo pasmo tembloroso
y cálida emoción de la hoja nueva
al verse de repente en el paisaje
llena de luz y de esperanza llena.
V
Eres, marzo, primavera y nido,
ave migratoria y volandera,
vellón de lana de merino anclado
en ramas de una zarza mañanera.
Eres, marzo, silente crecimiento
y estallido de rosas en las huertas.
Eres en fin la cálida esperanza,
el alma del aroma insatisfecha...
VI
Si puedes, sal al campo. Espera todo
desnudo desde el cielo hasta la tierra,
desnudo y perfumado, como un niño
que acaba de nacer en primavera.
Recorre los senderos, sube al monte,
desciende hasta el rumor de la riera.
Y déjate abrazar por esta brisa
que sabe a corazón y a luz materna.
VII
Si puedes, sal al campo y en tus manos
recoge amante un buen montón de tierra
y goza con su tacto: alienta en él
calor de altas raíces, luz de siembra.
Escucha atentamente los mil cantos
de pájaros alegres que ahora sueñan
después de haber estado tanto tiempo
callados y escondidos en la ausencia.
VIII
Si puedes, sal al campo, ya es la hora.
No tienes que hacer nada. Sólo observa
cómo las yemas de la vida estallan
en brillantes, limpísimas hojuelas.
Obsérvate a ti mismo, rodeado
de una luz especial, de una existencia
especial, animada y religiosa,
brotada de la joven primavera.
IX
Tu nombre, abril, campanillea alegre,
se alboroza en un júbilo de fiesta
y en aire perfumado que anda libre
entre las mansas flores de la huerta.
Pero también, abril, tu nombre llora
a lágrima tendida en la tormenta,
porque eres a la vez mes de la cuna
y de la sepultura siempre abierta.
X
Desfila por las calles retorcidas
de las ciudades castellanas viejas
el cuerpo derrotado del Yacente
entre velones de llorosa cera.
Le acompañan en fríos adoquines
descalzos pies y roces de madera,
mientras suenan sollozos de tambores
y plegarias bajo la noche negra.
XI
Pero en ti la luz, abril, sigue a la sombra.
Y la espiga junto a las flores muertas
bien viva se levanta. Dios de nuevo
está por todas partes con su fiesta
de brillos y pujanzas; vuela el aire
en música de amor por las florestas.
Todo está en ti, abril adolescente:
pena y asombro, júbilo y condena.
lunes, 16 de marzo de 2015
500 PALABRAS (2)
FANTASÍA EN COMPAÑÍA DE ANTHONY PERKINS
Anthony Perkins, de repente al mirarme de frente y
verse sorprendido en plena acción, se convirtió en sombra; no, en nube que el
viento de diciembre esfumó en la alcoba, mientras la última hoja del calendario
del siglo se desprendía de la pared y caía fulminada al suelo. Era ya la hora
de cerrar el siniestro motel. La noche se puso su capa de muerte y atravesó el
páramo inhóspito de la trasera del caserón, dejando a Norman sembrando en las
habitaciones abandonadas días sin futuro, cuchillos cansados de sangre de
mujeres aventureras, alcachofas de duchas oxidadas, cortinas de bañeras
rasgadas por el odio, fajos de billetes podridos y pelucas de madres
desaparecidas.
Anthony Perkins, de repente al mirarme de frente y
verse sorprendido en plena acción, se convirtió en fantasma de juzgado; no, en una
de aquellas palabras surrealistas que Kafka escribía con el dedo en el cristal
empañado de diciembre, mientras la aldaba altísima se deshacía como un caramelo
en la negra boca de la noche de Praga, sin que el acusado lograra a alcanzarla
con sus dedos ortopédicos. Era ya la hora de que Jan y los suyos se bajaran del
monumento de la Plaza y se perdieran por las callejuelas que dan al Moldava, en
busca de una cerveza amarga para ahogar su infortunio de bronce. La lluvia se
puso su ropa más triste y se fue a llover sobre las lápidas del cementerio
judío, dejando a Joseph K. condenado a morir en la cantera donde dos verdugos,
tras pedirle que se quitara la ropa, le entregaron un cuchillo para que se
suicidara.
La tercera y última vez que vi de frente a Anthony
Perkins y se vio sorprendido en plena acción, me miró primero con su cara de
niño y luego bajó la cabeza para mirarme desde abajo, desde aquellos ojos
llenos de odio; no, de miedo, desde algunos años más tarde, cuando la
enfermedad más terrible del siglo que se iba, entró en su cuerpo y lo destruyó
como a un cine devorado por las llamas. Era ya la hora de cerrarle los ojos
para que su alma encontrara el camino interior de su partida mientras el mundo
se borraba en los cristales de la ventana de su habitación y las batas blancas de
los médicos se deshacían en los pasillos como mariposas chamuscadas por la
tristeza. El día se vistió con severa ropa de luto y olvido y se fue al círculo
de los cipreses que esperaban impacientes a comenzar con ellos el rezo de las
despedidas, dejando que el alma de Norman, de Joseph K, de Anthony Perkins
regresara a su mejor cuerpo, aquel que lució en la pantalla junto a Jean
Simmons, en La actriz, que con La túnica sagrada había logrado uno de sus más
grandes reconocimientos. Fue entonces cuando descubrió que sus amores más
grandes los tendría con otros hombres, y con esa última imagen del deseo, se me
borró en el sueño.
martes, 10 de marzo de 2015
LA PRIMAVERA HA VENIDO
Descorro la cortina,
y una luz rosada entra de golpe:
el pruno ha comenzado
a abrir su primavera. Marzo avanza,
y el aire se perfuma con sus flores.
Otra vez el árbol del jardín
me asombra con su mágica alegría
de pétalos rosados y hojas rojas.
No puedo remediar sentirme el alma
bullendo nuevamente entre mis huesos.
Es ver al pruno abrir su primavera,
y sentir otra vez la mía viva
muy dentro de este otoño que me lleva.
La primavera ha venido,
y sé cómo ha sido.
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