sábado, 17 de enero de 2015

ESTRENANDO EL INVIERNO EN BARCELONA (1)


 


Cada vez que bajo a Barcelona,
aunque mejor debería decir SUBO,
torno a viajar hacia el pasado,
un pasado que es joven y moderno,
menos las arrugas de las manos
y los sueños cansados en los ojos
de quien me está mirando.


Mientras oigo a Debussy, el mar golpea
en los blanquinegros cantiles del piano,
cantiles que me devuelven
al cielo que a veces sueño
cuando olvido mi presente.
Las teclan son las olas
y las manos femeninas que las pulsan,
gaviotas que sostienen de milagro
su vuelo junto al beso de la espuma.
Mientras oigo a Debussy, veo el paisaje,
lo veo y la veo a ella,
a la mujer que comparte mi silencio
y me lleva a su lado, siempre me lleva.


-¿Adónde vas con el corazón
bajo el brazo?
-Hay mucho odio en el mundo;
voy a sembrarlo
para ver si así mejora
y se hace humano.
-Vuelve a dejarlo en tu pecho:
vas a necesitarlo.
Anda Pandora muy suelta.
Regresan tiempos amargos.

Tiene de todo este patio.
Por tener, un molinillo
que por el viento anda loco.
Y un gato que se aprovecha
de los rincones más altos
donde se arrebuja el sol
como si fuera otro gato.
Y una pareja de mirlos
que trinan enamorados
entre las ramas de un tilo.
                                           12-14 de enero de 2015




viernes, 16 de enero de 2015

NARRACIONES INTEMPORALES (2)





 


Fenómeno en la celda

Hace ahora un año, en verano por estas fechas, mientras trabajaba sobre el tema de mi tesis doctoral, me surgieron unas serias dudas que no supe aclarar por mucho que consulté aquí y allá en la bibliografía existente sobre él. Entonces me acordé de mi amigo el padre Bermúdez, que en otras ocasiones me había sacado de más de un apuro. Le escribí un correo electrónico exponiéndole mis dudas y me contestó el mismo día diciéndome que, pese a su avanzada edad y maltrecha salud, me esperaba con impaciencia y con ilusión en su abadía; añadía que allí podría yo, además de pasar unos días tranquilos a la vista de Sierra Nevada, consultar a mis anchas los libros que la magnífica biblioteca tiene sobre el tema de mi tesis doctoral. No lo pensé dos veces. El verano, agotador en todas partes, acaso podía ser más llevadero cerca de la sierra granadina y envuelto por la soledad y el silencio del claustro. Así que al día siguiente, animado en parte por esa esperanza y por abrazar a mi viejo maestro y amigo y, sobre todo, por la posibilidad de superar el escollo surgido en mi investigación, cogí el coche, un pequeño equipaje y mi ordenador de trabajo y partí hacia Granada poco antes de que saliera el sol. Me detuve en un área de servicio cercano a Madrid para comer y beber alguna cosa y, sobre todo, para recuperar frescura y reflejos.
El asunto del viaje en sí, dado que soy un mal conductor, me lo había tomado con calma; de modo que, cuando divisé desde la carretera el cenobio de mi amigo, el sol empezaba a declinar. Me abrió la puerta un fraile que estaba al tanto de mi presunta llegada y, tras cambiar unas palabras de bienvenida conmigo, me condujo a la celda que sería mi habitación durante aquellos días de mi estancia en el convento. Mientras dejaba mis cosas sobre el lecho, reparé en una pila de libros que había allí. El fraile, adivinando mis palabras, me dijo:
--El padre Bermúdez me pidió que se los trajera.
--Gracias. ¿Cómo está?
--Un poco mejor que días atrás. Pero su debilidad no le permite hacer grandes excesos. ¿Bajará a cenar?
--No, prefiero echar una ojeada a los libros y descansar del viaje.
--Hasta mañana entonces.
Y se fue.
Al quedarme a solas, me fijé en el Crucificado que había en la cabecera de la cama y le pedí silenciosamente que cuidara del padre Bermúdez. Estaba rendido. Me tendí sobre el lecho y abrí uno de aquellos libros. Pero me quedé dormido antes de enterarme de nada de su contenido. Con los primeros rayos del día desperté en la misma posición en que me había quedado la tarde anterior antes de dormirme: vestido completamente y con el libro a un lado. Me aseé y bajé al refectorio para desayunar. Estaba desierto. A aquellas horas ya debían de estar los frailes entregados a sus diarias misiones. El monje que me había atendido la víspera salió de un rincón portando una bandeja con alimentos.
--Buenos días. Supuse que se levantaría tarde y le he preparado unas cosas.
--Gracias. Es usted muy amable.
--No me dé las gracias a mí. Déselas al padre Bermúdez, que ha sido quien me lo ha recordado esta madrugada.
--¿Cómo se encuentra?
--Igual—contestó mientras me entregaba la bandeja.
--¿Puedo verlo?
--Se me olvidaba. Me ha dicho que pasará hoy por su celda a cambiar al menos unas palabras con usted.
--¿Le ha dicho cuándo?
--No. Pero me imagino que lo hará cuando el médico que lo atiende y no se separa de su lado ni un momento se marche del monasterio. Y eso siempre sucede, desde hace días, por la tarde cuando el sol empieza a descender. Otra cosa. Si quiere trabajar en la biblioteca, puede hacerlo. Sólo tiene que pedirme la llave.
--No. De momento lo haré en mi celda. Ahí tengo cuanto necesito. De todos modos, gracias.
--Que le siente bien el desayuno.
Y desapareció. Escogí un lugar bien iluminado y me senté a devorar lo que me esperaba en la bandeja.
Después de desayunar, salí al claustro y me di una vuelta por él. Unos cuantos frailes cuidaban del jardín. Sólo sonaban en el silencio de la mañana los golpes de sus azadas en la tierra y el chorro de la fuente que se alzaba en el centro del claustro, justo en la intercesión de los paseos que morían y nacían en sus cuatro ángulos.
--Aquí todo el mundo tiene que trabajar—me dije y subí a mi celda.
Allí estuve ojeando detenidamente los libros que había escogido de la biblioteca para mí el padre Bermúdez. Todos ellos contenían ideas que tenían que ver con mi tesis doctoral, especialmente el titulado Forma y sentido de la estética liberal, en uno de cuyos capítulos aclaraba perfectamente las dudas que habían paralizado toda mi investigación. A partir de ahí mis dedos volaban sobre el teclado del ordenador y la pantalla se iba llenando de nuevas afirmaciones, argumentos, consecuencias, condiciones… El trabajo había recuperado su ritmo; por fin el anticlericalismo de Galdós, principal idea de mi tesis doctoral, caminaba seguro y sin escollos hacia el capítulo de las conclusiones generales.
Iba a cerrar el libro para colocarlo encima de los otros, cuando descubrí que del cuerpo de uno ellos sobresalía ligeramente la esquina blanca de un papel. Tiré de él y ante mis asombrados ojos quedó una breve nota firmada de puño y letra de mi maestro. Decía así:
“Querido amigo: Me he tomado la libertad, Dios y mis superiores quieran perdonarme por tal atrevimiento, de escoger para ti estos libros relacionados con el tema que has tenido a bien elegir para tu tesis doctoral y que con toda seguridad aclararán esas dudas que me formulabas en tu correo electrónico. La sola idea de ojear su contenido claramente anticlerical y, por ende, atentatorio contra la religión católica, me acarrea serios escrúpulos de conciencia. Aún así, no podía dejar de ayudar a un amigo al que aprecio como al hermano menor que nunca tuve. Que te sean de provecho aunque a mí puedan servirme de perjuicio y reprobación, si no de algo peor. Espero verte pronto y abrazarte. Sebastián Bermúdez.”
Durante un buen rato estuve dándole vueltas a las palabras de mi amigo. Finalmente, volví a la redacción de mi texto y en el apartado de los agradecimientos, coloqué en primer lugar, por delante de mi director de tesis, el nombre de fray Sebastián Bermúdez. Luego pasé a las siguientes páginas, pertenecientes a la Introducción, e hice algunas correcciones.
Y a eso de las siete de la tarde, lo sé porque instintivamente consulté mi reloj de muñeca, algo me hizo separar la vista de la pantalla del ordenador. No sé explicar qué fue, si un leve ruido de pasos o un bisbiseo de voces a mis espaldas o simplemente un ligero temblor de la luz externa que entraba por la ventana o la de la lámpara del escritorio. El indefinido fenómeno sólo duró unos segundos, pero fueron lo suficientemente intensos para que todo mi cuerpo se estremeciera de arriba abajo. Respiré profundamente un par de veces y luego me noté algo más tranquilo. Seguí trabajando hasta las nueve y, notando mis ojos fatigados y la nuca dolorida, apagué el ordenador. Acto seguido abandoné la celda con la intención de dar un paseo por el claustro. Por el silencio y la soledad que se respiraba deduje lo fácil que debía de ser a los frailes hablar allí con Dios.  Aun así, el silencio me pareció más intenso que otras veces. En el cielo una nube tapaba a medias la luna y los rosales del jardín exhalaban una extraña fragancia, como si de pronto el perfume se hubiera vuelto tangible. Volví al interior del monasterio con una sensación extraña en el cuerpo. Subí la escalera y enfilé el pasillo donde se encontraba mi celda. Entonces descubrí al fraile servicial que venía a mi encuentro con una palmatoria encendida. Traía el semblante triste y a la luz de la llama de la palmatoria que llevaba descubrí lágrimas en sus ojos.
--Usted se llevaba bien con él, ¿verdad?—me dijo extendiéndome la mano de la lamparilla.
--¿Con quién?—pregunté asustado mientras el corazón empezaba a latirme en las sienes y a golpear con fuerza en mis costillas.
--¿No lo sabe? El padre Bermúdez ha muerto.
Me apoyé en la pared encalada para no caer al suelo. Con un hilo de voz le pregunté, sospechando que ya lo sabía, cuándo había muerto.
--Hace dos horas; a las siete de la tarde. El médico lo vio agitarse unos segundos antes de quedarse dormido en la paz del Señor. He venido hace un rato a decírselo, pero usted no estaba. ¿Sería tan amable de dejar esta palmatoria encendida en su celda toda la noche? Toda la comunidad va a hacer lo mismo en recuerdo del padre Bermúdez.
--Por supuesto—cogí la lamparilla--. ¿Puedo hacer algo más?
--Si quiere acompañarnos un rato en la capilla; estaremos rezando por su alma hasta el amanecer.
Dije que sí con la cabeza porque un nudo en la garganta me impidió pronunciar palabra. Y bajé a la iglesia aquella noche a rezar por el alma de mi viejo maestro y amigo el padre Bermúdez.
De eso ha pasado un año. Mi tesis doctoral lleva un mes felizmente publicada. Se la dedico al padre Sebastián Bermúdez con todo mi agradecimiento. Dios lo tenga en su gloria; yo lo tengo siempre en mi recuerdo.

lunes, 12 de enero de 2015

NARRACIONES INTEMPORALES (1)



El hombre que no recordaba quién era



El hombre se levantó sin recordar quién era. Francamente preocupado, fue a ver al primer psiquiatra que encontró en las páginas amarillas. El doctor tenía su despacho en una especie de caserón ocupado. Las puertas de los diversos pisos estaban arrancadas de sus jambas y las pocas que quedaban aún en pie mostraban sus cerraduras reventadas; a cambio, utilizaban cadenas y candados para mantenerlas lejos de tentaciones negativas. Sin embargo, la puerta del despacho del psiquiatra era la única que permanecía siempre abierta de par en par; por su umbral no dejaban de entrar y salir nuevos clientes que iban a consultarle sus problemas. Así que el hombre esperó su turno y entró en la consulta.
El despacho, mal iluminado por una ventana estrecha que daba a un exiguo patio de luces, sólo disponía de un sillón de anea donde se sentaba el psiquiatra y de una silla de lo más común del mundo destinada sin duda para los presuntos pacientes. Al verlo entrar, el facultativo se levantó, le estrechó la mano y luego con un gesto le invitó a sentarse en la silla. Sin dejarle respirar le hizo la gran pregunta:
--¿Cuál es su problema?
El hombre le dijo la única respuesta posible:
--No recuerdo quién soy.
--Eso es muy frecuente hoy en día—le contestó el psiquiatra sin inmutarse lo más mínimo--. Pero casi siempre tiene solución. Basta con desear curarse. Desear curarse. Eso es lo importante. ¿Usted desea curarse? Quiero decir, ¿usted quiere recordar quién es? Porque muchas veces es mejor no saberlo, créame. Se lo digo como profesional.
El hombre no salía de su asombro.
--No se asuste con mis palabras –añadió el facultativo calmándole con un gesto--. Lo que quiero decir es que muchas personas se han curado sólo tras haber olvidado precisamente su personalidad. Déjeme que le vuelva a formular la pregunta: ¿usted quiere realmente saber quién es?
--Sí, señor—le respondió el hombre completamente convencido--. De lo contrario, no habría venido a su consulta, ¿no le parece?
--Por supuesto. Bien, primer escollo resuelto. Usted está verdaderamente decidido a recobrar su personalidad. Ha quedado claro. Así pues, le voy a recetar un medicamento que acaba con la amnesia en pocas semanas, como mucho mes y medio.
--¿Mes y medio ha dicho? –preguntó el hombre verdaderamente alarmado, mientras notaba cómo el sudor recorría su piel mientras el corazón galopaba en su pecho como un caballo desbocado--. Yo necesito urgentemente saber quién soy, doctor. Verá, yo sufrí un infarto hace poco menos de un año y temo que, si me da otro, puede ser el definitivo y de él no salga.
El psiquiatra lo miró con cara de póquer. Hizo un gesto vago con los dedos junto a su sien derecha y echó mano de un taco de octavillas pegadas por un extremo. Separó una de ellas y escribió unas palabras. Acto seguido lo miró nuevamente y, tras entregarle la nota escrita, le dijo:
--No se preocupe, para casos extremos siempre guardo un as en la manga. Vaya a la dirección que le he apuntado ahí y pregunte por el señor Swep. En Internet encontrará referencias sobre la dirección: cerca de aquí, en la misma calle, existe un cibercafé donde podrá hacerlo. –Hizo una pausa para echarse hacia atrás en el sillón y a modo de conclusión dijo:-- Yo ya no puedo hacer nada más por usted.
Después se levantó, estrechó la mano del hombre y le deseó suerte.
Éste le dio las gracias por todo y salió del despacho, en tanto que un nuevo paciente ya se cruzaba con él en el trayecto.
En la calle, encontró efectivamente el cibercafé indicado, un espacio incómodo donde flotaba un humo amarillento y hediondo. Hizo de tripas corazón y se sentó ante un ordenador mugriento. En Google Maps localizó la dirección a las afueras de la urbe, al otro lado de un  puente y un río de los que no recordaba haber oído hablar nunca. También aprovechó Internet para enterarse de que el Swep era un término indoeuropeo que significaba “sueño”. Sin saber muy bien en qué berenjenal se estaba metiendo, pagó el euro que le había costado el uso del ordenador y cogió un taxi para llegar con más seguridad a la dirección de la nota.
Cuando el taxista la leyó, lo miró como si fuera un bicho raro.
--¿Está seguro de querer ir a este lugar? Para la mayoría de los ciudadanos Ciudad Oníria es sinónimo de misterio, encanto, surrealismo, poesía, hechizo, hipnotismo o sueño.
Al ver que el hombre le decía que sí con la cabeza, se encogió de hombros y condujo el coche durante un buen rato hasta un paraje que parecía sacado de una pintura de Chirico. Al final de un puente se levantaba una mansión oscura que parecía abandonada y cortada en diagonal por una espesa niebla, de modo que sólo dejaba ver un pequeño triángulo de la fachada y lo que había en él: la entrada del caserón, que era una puerta con arco apuntado, y media ventana también gótica.
El hombre se despidió del taxista y, sin esperar a ver cómo el coche desaparecía como una exhalación, se acercó a la puerta, levantó la aldaba del llamador, que representaba un búho de bronce con los ojos cerrados, y golpeó tres veces. Casi inmediatamente la puerta se abrió unas pulgadas, las suficientes para dejar ver en el hueco el perfil aguileño de una persona.
--¿Quién es usted?—preguntó amenazando con clavar su nariz de ave rapaz en el rostro del recién llegado.
--Ya me gustaría saberlo—dijo éste evitando el picotazo--. A eso vengo, a que alguien me lo diga. ¿Vive aquí un hombre que se llama Swep? Me han dicho que él puede ayudarme.
--Ah, si es así, pase.
Y, agarrándole de la ropa, lo metió dentro de la mansión sin darle opción alguna para negarse.
Había una lámpara de pie sobre la única mesa que ocupaba el centro del salón, que alumbraba la décima parte de la estancia. El del perfil de ave rapaz le indicó al hombre que esperara allí al señor Swep y desapareció en las sombras, dejando tras sí un rumor de pasos apagados.
Al quedarse solo, el hombre intentó escudriñar los rincones de sombra para poder descubrir algún mueble más, algún tapiz, algún escudo heráldico, alguna panoplia de armas, tal vez algún retrato de personaje ilustre, digno ascendiente de aquel silencioso y solitario caserón.
--En esta casa no descubrirá nada superfluo—sonó una voz que salía de las sombras situadas a la izquierda--; aquí sólo hay lo necesario.
Y apareció en el espacio alumbrado por la lámpara un hombre vestido con papeles de periódico y la cara velada por una máscara de dios barbudo. En una mano traía un frasco de cristal y en la otra un libro.
--Sé a qué ha venido.
--Entonces sabrá también ayudarme.
--Eso ya lo veo más difícil.
--¿Por qué?
--Porque usted, que ha venido aquí para saber quién es, acabará yéndose como ha venido. Sin saber quién es.
--¿Por qué?—volvió a preguntar el hombre verdaderamente angustiado.
--Porque usted no es nadie.
El hombre dio un salto atrás.
--No se asuste. He dicho que usted no es nadie y eso no es cierto del todo. Usted es un ente de ficción, pura creación de un escritor de cuentos.
--¿Quiere decir que sólo soy un personaje, lo mismo que el Emperador de Andersen o Peter Pan de Barrie, por ejemplo?
--Me temo que algo así. --Le mostró el libro que traía en una mano--. De este libro.
El hombre intentó leer el título, pero las letras bailaban en sus ojos, producto sin duda de la escasa iluminación del lugar.
--Se titula El sueño de los cuentos.  Y usted es el principal personaje.
El hombre no daba crédito a sus oídos.
--Pero usted va a ayudarme a…
--No sé si podré. Lo único que puedo hacer por usted…
El hombre se agarró a sus palabras como a un clavo ardiendo.
--Lo que sea. Haga lo que sea, por favor.
El señor Swep debió de ver en su interlocutor a un ser verdaderamente desesperado porque enseguida añadió:
--Pero ha de seguir al pie de la letra todas y cada una de mis indicaciones.
--Lo que sea—respondió decidido a obedecerle a machamartillo.
--De acuerdo—dijo mostrándole de cerca el frasco de cristal que portaba en la otra mano, en cuyo interior nadaba un líquido azulado y vaporoso--. Lo primero, bébase el contenido de este frasco—lo destapó y se lo entregó--, y de una vez.
El hombre cogió el frasco dispuesto a llevárselo a la boca, pero el señor Swep le detuvo bruscamente el movimiento.
--Pero antes debe repetir conmigo la frase “Sólo el sueño puede abrirme la puerta de la vida.”
--“Sólo el sueño puede abrirme la puerta de la vida”.
--Beba ahora—dijo--. Y recuerde: de un tirón. Todo el líquido de una vez.
Y bebió.
El vaso de agua temblaba en su mano. Miró el reloj de la mesilla de noche. Eran las cuatro de la madrugada.
--La misma pesadilla de todas estas últimas noches—murmuró con un gesto de desagrado--. Mañana sin falta iré al psiquiatra. A ver qué me dice esta vez.

viernes, 9 de enero de 2015

HEINE, SACERDOTE DEL DIABLO





Todo empezó el día en que el señor Heine padre repartía, como era su costumbre cada principio de mes, limosnas entre los pobres de su localidad. A un lado de la mesa del despacho, el pequeño Henri asistía a la distribución limosnera que su progenitor llevaba a cabo junto con palabras de ánimo y sabios consejos dirigidos a los menesterosos. Y entre éstos apareció una anciana que tenía fama de bruja entre los habitantes de la población, acompañada de su nieto, un pilluelo redomado que se distinguía, entre otras lindezas, por regalar con su caña, de la que nunca se separaba, con buenos cañazos al pequeño Heine adobados con burlas e insultos, el menor de los cuales era “señoritingo de boñigas de caballo”.
Pues bien, ese día, tras recibir su abuela la limosna correspondiente de manos del señor Heine, le besó la mano y se deshizo en palabras de agradecimiento hacia éste; a continuación alabó la belleza de su hijo, el pequeño Henri y añadió que rezaría a la Virgen María para que nunca padeciera hambre en su vida ni se viera jamás obligado a pedir limosna. No satisfecha con ello, la anciana le pidió a su nieto que besara la mano del niño Heine. El pilluelo obedeció a regañadientes mientras clavaba una mirada de ira y de venganza en la de aquél.
Cuando, acabado el reparto limosnero, la corte de los milagros abandonó la habitación, la anciana niñera de Henri, que había estado presente en el momento en que la vieja bruja se había deshecho en alabanzas hacia la belleza del niño, se despertó en ella la vieja superstición popular según la cual trae mala suerte alabar de ese modo a los niños pequeños porque enseguida enferman o les ocurre alguna desgracia. Y ni corta ni perezosa se acercó a Henri y le escupió, según el rito adecuado para esas circunstancias, tres veces en la cabeza.
Pero el exorcismo no acaba ahí; eso sólo era el principio. Pues según la misma superstición, el sortilegio producido por una bruja sólo podía ser deshecho por otra bruja. Y la anciana niñera cogió al niño y lo llevó a casa de esta segunda bruja, que, al conocer el caso, le cortó a Heine niño unos pelos de la coronilla y le pasó por ella el pulgar derecho mojado con saliva mientras farfullaba palabras ininteligibles a modo de fórmula mágica.
Así fue como Henri Heine se convirtió en sacerdote del diablo. Posteriormente la bruja del exorcismo le puso al corriente de lo más importante de las artes brujeriles. Pero eso es motivo de otro momento.

miércoles, 7 de enero de 2015

CANTO Y ELEGÍA PARA UNA NOCHE DE REYES







La tarde de invierno se llena de pasos
bajo las luces navideñas de las calles.
De un momento a otro las carrozas
de ilusión y esperanza pasarán
ante los ojos de los niños 
que de pronto se volverán más cándidos
para que los Reyes cumplan sus deseos.
Y perdonarán los disfraces 
de ángeles y dragones
y las orejas puntiagudas de los duendes
y las barbas"antiguas" que duermen en los armarios...
Y se dejarán adornar con los cofetis
que caen de un cielo mágico...

Pasadas unas horas, en las calles
donde ha vivido sólo la alegría
habrá un silencio ansioso, desatado
por la miel de la espera.

¿ Dónde la bebida para los dromedarios
y el zapato en el balcón?
¿La muñeca que cerraba los ojos
y la pelota Gaviota? ¡Pura historia!

Ya no son estos niños los de ayer.
La tablet y los juegos electrónicos
codician su manejo.
Ya no juegan en las plazas de su infancia,
buscan la soledad de su portátil
y contactos en Internet
para quemar su edad antes de tiempo.


La vida es más adulta y más severa.
Y los chavales crecen
como bonsáis, apenas sin raíces.

Hoy, a la hora del roscón de Reyes,
miraré a mis nietos, todavía muy niños,
todavía inocentes, y recordaré con ellos
aquel caballo de cartón de mi infancia
que me hacía creer en la magia del juego.